Fuck the police (parte II)

En un libro titulado Blissed out, publicado en 1990, dos años antes de que se editara el álbum debut de Body Count, el crítico británico Simon Reynolds escribía acerca del rap y el hip hop: “Todo el rap trata sobre estar orgulloso de tu orgullo, sobre esforzarte en ser el mejor, sobre convertirte en alguien a través de un arte cuyo mensaje se reduce a la simple afirmación: ‘Yo Soy Alguien’. Todo el mensaje está en el modo en que es emitido (articulando la relación entre rapero y fan a partir de un monólogo despótico) y ese mensaje es simplemente: ‘Yo te lo estoy diciendo’”.

Si uno toma esta premisa como cierta, si la proyecta hacia otros géneros de la música pop, encuentra que esa disposición a ser alguien, a ser el mejor, a estar orgulloso de tu orgullo sólo aparece en ráfagas intermitentes, de algún modo dislocadas, casi siempre excepcionales, en la música rock. “Thunder road” de Bruce Springsteen, publicada en Born to run de 1975, es una canción acerca de alguien que se marcha de su pueblo de perdedores para triunfar, pero que jamás se presenta diciendo: “Yo Soy Alguien”, sino más bien: “No lo soy pero quiero serlo”. Detiene el automóvil en el frente de la casa de la chica y le dice que ya no quiere ser un pobre diablo, que ya no quiere tener que irse solo a la cama, que sabe que él no es un héroe y que ella no es una belleza, pero que está bien, que simplemente está bien; no menciona certezas, más bien habla de tener un poco de fe.

“Beverly Hills”, la canción de 2005 de Weezer, trata acerca de no ser nada de lo que el cantante quisiera haber sido, acerca de sus deseos de vivir en una mansión de Beverly Hills, rodeado de bellas mujeres y de súper estrellas, recostado junto a la piscina, seguido de la afirmación de que eso no sucederá, de que es un tonto sin clase, de que siempre será así. Si uno toma a un rapero ataviado de cadenas de oro que mira altivo a la cámara fotográfica, conjugando las previsibilidades retóricas, temáticas y enunciativas del género, y junto a él coloca al tipo de la canción de Weezer, no encontrará allí ningún punto de contacto. Todo lo que Reynolds dice sobre el rap, no podría ser dicho sobre el rock.

La primera vez que escuché en vivo “Born to lose”, la canción de Johnny Thunders and The Heartbreakers publicada en 1977, en su único álbum de estudio, L.A.M.F., acrónimo de Like A Mother Fucker, fue en un club de Buenos Aires llamado Halley, en 1992. La interpretó el grupo alemán Die Toten Hosen, que la había grabado el año anterior, en su disco Learning English. Lesson 1, y esa noche su cantante, un tal Campino, se trepó por las cajas de sonido hasta el techo del local, llegó hasta la parrilla de luces, se sujetó con las piernas de una viga y por un breve momento cantó la canción así, colgando cabeza abajo a muchos metros de altura. Eso no estuvo ensayado, no fue un acto del todo previsto: abajo no había redes como en los trapecios del circo, el cantante no llevaba un arnés de seguridad. Cuando uno veía a ese tipo cantando a varios metros del piso que había nacido para perder, y de nuevo, que había nacido —nena— para perder, toda una escenificación de fracasos, dudas e insatisfacción te permitía oír: No soy nadie y no necesito serlo. Y luego: Te lo estoy diciendo. Y de nuevo: Nací para perder. Y por fin: No soy nadie, te lo estoy diciendo, nací para perder.


Ahora, si existen géneros, dentro de la entelequia de la música pop, que se aproximan a la descripción que Reynolds hacía del rap, posiblemente ésos sean el metal y el hardcore. Si uno quita algunos tópicos manidos (por ejemplo, las espadas y los castillos del heavy metal), se encontrará con que el metal y el hardcore —en cualquiera de sus variantes, para uno y otro— tratan sobre estar orgulloso de tu orgullo, sobre esforzarte en ser el mejor, sobre convertirte en alguien a través de un arte cuyo mensaje se reduce a la simple afirmación: “Yo Soy Alguien”. A veces eso es cierto en las letras, a veces es cierto en la música misma. No resulta extraño que los cruces más interesantes entre —aquí debemos jugar con los esencialismos, con la idea ramplona de los paquetes cerrados y herméticos de significación— rap y hip hop, por un lado, y “músicas blancas”, por otro, a partir de los 80 del siglo XX, hayan sido con estilos como metal y hardcore. El camino ya estaba allanado. Si mirás el video de una canción como “Gotta go”, del grupo hardcore neoyorquino Agnostic Front, no tardarás demasiado en establecer los puntos de encuentro. El monólogo despótico es el mismo.

De ahí la extrañeza, y a la vez la familiaridad, con que puede escucharse hoy una canción como “Cop killer”. La canción es tan explícita que divierte, que aburre, que seduce, que te permite decir: es increíble que una provocación tan soez haya resultado, que las personas encargadas de morder anzuelos hayan efectivamente mordido el anzuelo. “Cop killer” es una canción acerca de un hombre que mata policías, justificándose, acaso apañándose, en la brutalidad policial que, a principios de los años 90 del siglo XX, había acaparado buena parte de las agendas mediáticas y los debates públicos.

No es casual que en la canción se nombre a Rodney King, un negro que en 1991 había recibido una golpiza callejera por parte de policías (blancos) de Los Ángeles, golpiza que había sido registrada en video y que estimuló las discusiones acerca de la brutalidad policial, el racismo y la desigualdad de la sociedad angelina primero, de la sociedad estadounidense después. Mientras la canción acaparaba las ondas radiales, entre fines de abril y comienzos de mayo de 1992, los cuatro policías que habían golpeado a Rodney King fueron absueltos por un jurado mayoritariamente blanco y se desataron las revueltas callejeras que dejaron medio centenar de muertos y que adquirieron su conceptualización mientras todavía estaban sucediendo: “Los disturbios de Los Ángeles de 1992”. Sin embargo, la canción de Body Count se había compuesto en 1990 y se había grabado en 1991. A nadie pareció importarle. Tampoco pareció importar el mal gusto del productor, del ingeniero de sonido, de los compositores, de quienes hayan insistido en agregar, sobre los machaques de batería, sonidos de disparos. Todo lo que importaba eran esos estribillos irresistibles y estúpidos, conformados por los gritos de “fuck the police” y “cop killer”, esos estribillos que, por ser piezas brillantes de la industria de la música pop, sólo podían pasar inadvertidos en el mundo de los acontecimientos donde las personas viven y mueren realmente.


En 1995 Body Count tocó en Buenos Aires. Recuerdo haber ido a ese concierto y haberlo disfrutado, aunque más no haya sido porque ese año Ice-T había participado de una película que me gustó mucho, Tank girl, con Lori Petty como Rebeca Buck, o Tank girl, todo saqueado de un comic británico. “Cop killer” fue una de las últimas canciones, pero antes Ice-T alertó que la policía de Buenos Aires lo había amenazado, que lo habían amedrentado para que no la tocara; de todos modos, esa noche Body Count tocó “Cop killer”. Estaba claro no sólo que se trataba de una puesta en escena, de un componente del show, sino que la policía local ni siquiera debía saber de la existencia de Ice-T ni de su canción. O que, como había demostrado dos años antes un grupo llamado A.N.I.M.A.L., la canción podía ser interpretada y grabada en el patio de una penitenciaría (la de Olmos, para un disco a beneficio de los internos del penal, donde participaron Hermética, Pilsen, Ataque 77, U.K. Subs y otros), podía cantarse explícitamente acerca de matar policías sin que nada ocurriese en el mundo de los acontecimientos: gritar a la mierda la policía en un penal de máxima seguridad no era diferente a gritar por el derecho a divertirse o por anunciarse como un antisocial.

Nada ocurrió después. Las quejas del presidente George H. W. Bush, de su vicepresidente Dan Quayle, de la santurrona Tipper Gore, una de las fundadoras del Parents Music Resource Center que llenó los discos de etiquetas de “Parental Advisory” (The Ramones, 1992: “Tipper, ¿qué es esa calcomanía que estás pegando sobre mi CD?”), se tomaron como parte del folklore de la canción, al igual que se volvió inaceptable para los músicos de rap, de hip hop, de heavy metal, de rock y de cualquier otro género que apuntara al mercado juvenil que los discos no llevaran el “Tipper Sticker”.

Ice-T decidió quitar la canción de las siguientes ediciones de su álbum. Apenas veinte años después, la canción apenas es recordada y, si es por eso, también las revueltas de Los Ángeles. En el espectáculo las contradicciones pasan por tautologías, las tautologías pasan por contradicciones. Cuando se iluminan, sólo se convierten en restos, en arcaísmos, en viejos desarrapados que son echados a patadas de los bares. Ya nadie está prestando atención.

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Fuck the police (parte I)

(Foto: M. Pisarro)


El guiño es demasiado explícito como para resultar efectivo. La industria cultural se valió de ese truco durante casi un siglo: al permitir que las contradicciones aparezcan tan en foco, tan iluminadas, acaban pasando por tautologías. Si según la lógica proposicional una contradicción resulta falsa para cualquier valor de verdad asignado a una proposición, si la contradicción es la negación de la tautología y la tautología es la negación de la contradicción, en la industria cultural la contradicción y la tautología se asumen al mismo tiempo como asignaciones de valores de verdad para cualquier proposición. Guy Debord, que había leído a Hegel, recordó a mediados de los sesentas: si está en el espectáculo es bueno, es bueno porque está en el espectáculo. Eso quería decir: en el espectáculo las contradicciones pasan por tautologías, las tautologías pasan por contradicciones, y si están en el espectáculo son buenas. Para Debord, sin embargo, el espectáculo acaparaba la totalidad de la vida social.

Entonces, que el detective Odafin “Fin” Tutuola de la Unidad de Víctimas Especiales, la versión ficcional del Precinto 16 del Departamento de Policía de Nueva York en el drama televisivo La ley y el orden: Unidad de víctimas especiales que se emite desde 1999 por la cadena NBC, esté interpretado por Ice-T, no es más que un guiño poco rebuscado, una contradicción, una tautología, una negación y una afirmación de todo valor de verdad. Es un hecho rutinario, una trivialidad, un destino: como cuando Zed, el pandillero de Loca academia de policías, se enlista como oficial.

Hace dos décadas, en marzo de 1992, una canción estúpida, molesta, tontamente provocativa, horriblemente producida, irresistible, eficaz, de alguna manera perfecta, se apoderó de las ondas radiales estadounidenses que se atrevieron a emitirla y convertirla en hit. La canción se llamaba “Cop killer” (asesino de policías) y formaba parte del primer álbum, homónimo, de Body Count, el grupo de música de Ice-T, el detective Odafin “Fin” Tutuola, cuya carrera profesional no empezó en los sets de filmación sino como cantante en los escenarios de rap.

La música de Body Count suele ubicarse en la categoría de heavy metal, y sin embargo, la música de Body Count es algo diferente de lo que suele entenderse por heavy metal; esto, en el sentido de que Sepultura es diferente a Black Sabbath, que Morbid Angel es diferente a Iron Maiden, que Van Halen es diferente a Uriah Heep, y por sobre todo, que Ice-T no canta como Ozzy Osbourne, ni como Bruce Dickinson, ni como David Byron, ni siquiera como Bernie Shaw (está bien si estos dos últimos no te suenan; preocupate si no te suenan los dos primeros). Por supuesto, reconocerías la parte de heavy metal de la etiqueta “heavy metal”, pero en la música pop el reconocimiento de las reglas te demanda reconocer además todas sus fugas, sus deudas, sus obligaciones filiales. Como si escucharas a The Clash tocando “The magnificent seven”, el tercer corte de Sandinista!, y dijeras: esto es una canción punk. Podrían responderte: bien, vale, lo es; pero tendrás que esforzarte un poco más, porque si esto es una canción punk no se parece en nada al “Sonic reducer” de los Dead Boys ni tampoco al “Hersham Boys” de Sham 69, que también son canciones punk, y sería interesante, entonces, que me contaras por qué “The magnificent seven” es una canción punk y por qué no se parece en nada a otras canciones punk, o en todo caso, por qué sí se parecen.


Body Count, el disco, y por sobre todo la canción “Cop killer”, emergen de una brecha cultural en la historia de la música pop: cuando estadounidenses de color asumieron la voz pública de una música que hasta entonces había sido blanca; que había sido blanca, en ocasiones, en el sentido más racista de la expresión. Luego se habilitaría una historia legítima y por ende surgirían categorías discursivamente estables: rap metal, rapcore, rap rock. Podría hablarse de fusiones entre géneros considerados blancos y géneros considerados negros, y entonces habría sitio para varias décadas de cruces musicales en los centros simbólicos y materiales de la geopolítica de la industria del entretenimiento: Limp Bizkit, Red Hot Chilli Peppers, Living Colour, Biohazard, Beastie Boys, Kid Rock, Faith No More y una lista interminable. Entonces tendrías una gramática para escuchar “The magnificent seven”, una suma de convenciones, una historia que contar: esto es una canción punk, podrías decir, pero sería importante que escucharas también a The Sugarhill Gang, a The Cold Crush Brothers, a Grandmaster Flash and the Furious Five, a Funky Four Plus One, a los pioneros del hip hop neoyorquino, o que prestaras atención a ingenieros de sonido como King Tubby o Errol Thompson, a músicos como Lee “Scratch” Perry, pues, al escuchar “The magnificent seven”, la canción punk, estarás oyendo también todo eso.

Ahora, podría decirse —se lo dijo en innumerables reportajes y en reseñas de revistas y en artículos de periódicos— que la música de ese primer disco de Body Count, y en especial la música de “Cop killer”, provenía de algunos encuentros formales entre músicos que habían acaparado la atención como referentes de ciertos géneros fuertemente codificados como elementos de segregación: por los rasgos fenotípicos, por el nivel educacional, por el lugar de residencia, por la posición social, el sexo, la edad o las expectativas de vida. No obstante, la música de ese primer álbum parecía escapar de la ceremonia del rock blanco chocándose en el estudio de grabación con el rap y el hip hop negro, que a la sazón escenificaba la idea ramplona de que la música se trata de esencialismos, de artefactos de significación cerrados y coherentes, absolutos, herméticos; que uno tiene azul y que tiene amarillo y que si los cruza obtendrá verde.

Cuando uno escucha a Anthrax y a Public Enemy tocando “Bring the noise” (la canción es de Public Enemy, aparece en el soundtrack de Less tan zero, la película de 1987 de Marek Kanievska; luego salió en It takes a nation of millions to hold us back, el álbum de 1988 de Public Enemy; adquirió su forma y su significado acotado en la potente versión de 1991, publicada a la vez en Attack of the Killer B’s de Anthrax y en Apocalypse 91…The enemy strikes black de Public Enemy), o cuando escucha a Run-D.M.C. junto a Steven Tyler y Joe Perry de Aerosmith tocando “Walk this way” (la canción es de Aerosmith, publicada en ese gran disco de 1975 que es Toys in the attic; la versión de Run-D.M.C., junto a Tyler y Perry, es de 1986, del disco Raising hell), lo que está escuchando ante todo son grandes canciones de música pop que invitan al oyente a participar de la acción, a formar parte de ese mundo posible de dos, tres, cinco minutos.


El cruce de esencialismos no es más que aritmética, un detalle formal, un gesto a la espera de futuras exégesis en las revistas de cotilleo de celebridades rockeras para adolescentes. La invitación es semiológica antes que política: se propone un eslogan y entonces uno, por haber entrado en ese mundo posible, se encontrará repitiendo en voz alta ese eslogan. Uno puede pensar en “Antisocial”, la canción del grupo francés Trust, publicada en su disco de 1980, Répression, versionada en 1988 por Anthrax, para su cuarto álbum, State of euphoria. Puede pensar también en Beastie Boys tocando “(You gotta) Fight for your right (To party!)” en su disco de 1986, Licensed to ill. O en Twister Sister tocando “I wanna rock” y “We’re not gonna take it” en 1984, en su álbum Stay hungry; o en la canción de 1983 del grupo alemán Accept, “Balls to the wall”, del disco que lleva el mismo nombre; o podría pensar en canciones de AC/DC como “Highway to hell” o “Thunderstruck”. Todas éstas son canciones triviales, tontas, previsibles, asombrosas, complejas, pequeñas maravillas de la industria cultural. Uno cae pronto en sus trucos, se deja seducir, se permite ser atrapado; promediando la canción, no querrá hacer otra cosa que cerrar la puerta de su habitación adolescente —o lo que de ella quede en sus estructuras mentales— mientras se permite participar de ese mundo posible de la manera más directa: repitiendo el eslogan, sumando su voz a la consigna del estribillo, haciendo de esa actuación semiológica un hecho político.

“Cop killer” pertenece a esta clase de canciones de la música pop del Occidente industrial del siglo XX: las que establecen un eslogan conformado de muletillas y exigencias inadmisibles, las que esperan que el oyente dé cuerpo a una idea, dé contenido a una forma todavía vacía. Lo mismo significa pelear por el derecho a divertirse, o declararse un antisocial, o querer romper el muro, o mandar a la mierda a la policía.

Sólo que, en el último caso, el presidente George H. W. Bush estaba oyendo.

Fuck the police (parte II).

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Sí, así no es mi pelo, señora, pero a usted se le vería horrendo

El sábado la ensayista Beatriz Sarlo escribió en Ñ acerca del cronista y periodista mexicano Carlos Monsiváis. La excusa fue una Antología esencial publicada, o por publicarse, en estos días. Sarlo es brillante cuando escribe sobre literatura. En algún momento anotó sobre Monsiváis: “Tenía una sensibilidad barroca especialmente sensible a las contorsiones de la forma. Por eso, no le pedía profundidad a los actos de la cultura pop, sino efectos. Entendió que la cultura contemporánea vive de los efectos, que no son el resultado de un largo trabajo de ciframiento y desciframiento, sino la presentación espectacular de ‘algo’ (un sentimiento, un gesto, una obscenidad, un cuerpo, un vestido)”.

Sarlo pensaba en un artículo de la antología, “Gloria Trevi. Las provocaciones de la virtud, las virtudes de la provocación”, pero también podría haber estado pensando en “Dancing: El hoyo punk”, un artículo de 1985 publicado en Escenas de pudor y liviandad, el libro de Monsiváis de 1988. Podría haber estado pensando en una línea de un apartado de ese artículo de ese libro: “Sí, así no es mi pelo, señora, pero a usted se le vería horrendo”. En su contexto:


Punk: viaje hacia el fin del maquillaje

Algunos todavía se les quedan mirando, pero los adolescentes de cabellera verde, naranja y rojo no se inmutan. Ya nomás faltaba que en el largo trayecto de su colonia al hoyo punk alguien los fiscalice y se asombre. De lo único que deberían espantarse, pendejos, es de su asombro. Ya no les queda, y si a eso vamos, ustedes no andan mal en el departamento de las fachas. Con esos andrajos sin estilo, ¿cómo les quedan ganas de fisgonear, murmurar, criticar a señas, alzar las cejas, escandalizarse? Y además, ahora que me acuerdo al metro sólo se viene a gozar la falta de espacio, a ver la multitud ahogarse en la multitud.

Sí, así no es mi pelo, señora, pero a usted se le vería horrendo. Antes, Dios sólo elegía unos cuantos colores para las cabelleras, pero eso fue cuando la creación era en blanco y negro, y no se soñaba con el technicolor… Y ya no sigan dando explicaciones, mejor atiendan al struggle-for-life en estos cajones humeantes donde estallan y se recomponen los cuerpos, a los vencidos se les retiene por dos estaciones más, y los vencedores se incrustan en el pecho de la humanidad.

En el Metro uno se incorpora, entre empellones y magulladuras, al orden nuevo de la ciudad, a sus laberintos y pagos forzosos. A eso se va: a vivir cada minuto con odio, indiferencia o relajo, a impacientarse ante la paciencia propia. Los chavos de las cabelleras multicolores prosiguen su diálogo, mientras que en el vagón doscientas, trescientas, quinientas personas luchan por respirar, obtener un sitio, manosear a quien se deje, hallarle el lado divertido o filosófico a tan efímera fosa común.


De nuevo Sarlo, el sábado, escribiendo sobre Monsiváis: “Estaba muy lejos de ser un populista cultural. Ejerció una hermenéutica irónica sobre los objetos y las prácticas. Antiesencialista y libertario, nunca pensó que un núcleo ‘bueno’ habitaba necesariamente en el fondo de lo que sucedía en las pantallas o los escenarios. Ninguno de sus textos hace un movimiento redentor inexorable por el cual lo ‘bajo’ se transmuta en lo verdadero, desaloja a lo ‘alto’ y alcanza el triunfo de su reconocimiento”. De nuevo Monsiváis, en 1985, escribiendo sobre los chavales rumbo al hoyo punk:


Punk: las tribulaciones de un peinado fuera del salón de belleza

Es la vigésima ronda y a la vista del hoyo punk o como se le llame al lugar donde espléndidos aparatos de sonido difunden el rock heavy metal, el grupo ignora la fatiga. A eso vinieron, a recorrer la calle hasta memorizarla, antes de caerle al hoyo. Faltan algunas vueltas, desde luego, désele oportunidad a los paseantes de mirarlos, fínjase indiferencia ante los adolescentes que intercambian datos sobre las próximas tocadas. Los de la indecisión programa se ríen, conversan, se detienen, esperan a alguien que no llega porque nadie lo ha citado, y uno supone en ellos intenciones parecidas a la del estratega Josué frente a Jericó, desean tumbar murallas con el sonido de los tacones, ya caerán en la próxima vuelta.

―Mejor ya entramos…

―Espérate, ¿qué prisa?

El chavo no contesta. Prefiere observar sus pantalones vaqueros a cuyas perfectas rasgaduras dedicó una tarde entera. Así quedaron bien los hilachos que sólo ellos portan con galanura, los harapos luminosos.

―Todavía no te metas. Vamos a dar otra vuelta.

La cola no parece agotarse, ni disminuye la proporción: tres de apariencia digamos “normal” (algo avergonzados), por cada uno que se tomó molestias y combinó la expresión distante con la ropa holgada o ceñida con severidad. […]

El mayor atractivo de un hoyo punk ―sea éste lo que sea, y pronuncie usted la palabra en uso de sus derechos constitucionales― es la pasarela de reconocimientos, con sus ovaciones implícitas en las miradas. Luego, a lo largo de la velada, sobrevienen el cansancio y el aburrimiento, y se desvanece la magia, pero la llegada todo lo compensa: el examen de arriba abajo sin concesiones, el menosprecio de los vencidos, el torneo de las ojeadas aprobatorias, el aprovechamiento de cualquier tiniebla para remediar las fallas del esplendor. Así sea: que lo punk redima de la grisura cotidiana y en punk convierta a sus adoradores.


Para alcanzar el shock, decía Sarlo el sábado, se necesita encontrar el detonante. Y Monsiváis era bueno para encontrarlo. En lugar de escribir, en 1985, sobre la extrañeza que podían provocar los cabellos multicolores, se preguntaba cuánto tiempo habían pasado esos chicos en la peluquería o frente al espejo; en lugar de alarmarse por las fachas provocativas, iluminaba la necesidad de que esas fachas provocativas fueran vistas como eso, como fachas provocativas. Sus crónicas son mezclas caóticas de afecto e irrisión. “El lector nunca está seguro”, insistía Sarlo, “porque Monsiváis no fue un sacristán de los poderes salvíficos de las culturas populares; no fue tampoco su crítico extranjero”.

“Era difícil decidir si amaba o criticaba”, seguía Sarlo, y de hecho lo es: amaba, criticaba, acaso las dos cosas a la vez, acaso no, acaso no importa. Terminaba Monsiváis su visita al hoyo punk: “Están más allá de las condenas morales, por estar más acá de las recompensas sociales. ¿Quién les dice algo? ¿Quién los califica y exhorta? Ante las reconvenciones más bien se alegran. Quien nada tiene, incorpora también los insultos a su patrimonio”.

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